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LXXXI

Pleno en esta estela veloz, y muchas brazas atrás, nadaba un toro viejo, enorme y jorobado que, por su avance comparativamente lento, así como por las insólitas costras amarillentas que lo cubrían, parecía achacoso de ictericia u otra dolencia.

Si esta ballena pertenecía al grupo de adelante, parecía dudoso; pues no es costumbre que tan venerables leviatanes sean sociables en absoluto.

Sin embargo, se pegaba a su estela, aunque en verdad el remanso de estas debió de haberlo retrasado, pues el «hueso blanco» u oleaje en su ancho hocico estaba partido, como la ola que se forma cuando dos corrientes hostiles se encuentran. Su soplo era corto, lento y laborioso; saliendo con una especie de chorro ahogado y disipándose en jirones desgarrados, seguidos en su interior por extraños tumultos subterráneos que parecían hallar salida por su otro extremo sepultado, haciendo que las aguas a sus espaldas burbujearan hacia arriba.

—¿Quién tiene un poco de paregórico? —dijo Stubb—, me temo que le duele el estómago. ¡Dios, pensar en tener medio acre de dolor de estómago! Vientos contrarios están celebrando unas navidades locas dentro de él, muchachos. Es el primer viento en contra que veo soplar por la popa; pero miren, ¿alguna vez un ballena ha guiñado tanto el rumbo antes?; debe de ser que ha perdido el timón.

Como un cargado buque de las Indias orientales que avanza hacia la costa del Indostán con una cubierta repleta de caballos asustados, se esora, se hunde, se balancea y se arrastra a su paso; así este viejo ballena alzaba su anciano volumen y, de vez en cuando, volcándose en parte sobre los pesados extremos de sus costillas, exponía la causa de su serpenteante estela en el muñón antinatural de su aleta estribor.

Si había perdido esa aleta en combate, o si había nacido sin ella, era difícil de decir.

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