a la nave y a toda la tripulación a la perdición incondicional en caso de que tal propósito se llevara a cabo. Tanto influyó en sus discípulos de la tripulación que al fin se presentaron en masa ante el capitán y le dijeron que, si expulsaban a Gabriel del barco, ni un solo hombre se quedaría. Se vio obligado, por lo tanto, a abandonar su plan. Tampoco permitían que maltrataran a Gabriel de ningún modo, dijera o hiciera lo que hiciese, de tal suerte que vino a suceder que Gabriel tenía absoluta libertad en el barco. La consecuencia de todo esto fue que al arcángel le importaban un bledo el capitán y los oficiales; y desde que la epidemia se había desatado, llevaba las riendas con más altivez que nunca, declarando que la plaga, como él la llamaba, estaba bajo su exclusivo mando; y que no se detendría sino según su beneplácito. Los marineros, en su mayoría pobres diablos, se acobardaban y algunos le adulaban; y, obedeciendo sus instrucciones, le rendían a veces homenaje personal, como a un dios. Tales cosas pueden parecer increíbles; pero por maravillosas que sean, son ciertas. Tampoco la historia de los fanáticos resulta ni con mucho tan sorprendente por lo que se refiere al desmedido autoengaño del fanático en sí, como por su desmedida capacidad para engañar y embrujar a tantos otros. Pero ya es hora de regresar al Pequod.
“No temo a tu epidemia, hombre —dijo Ahab desde la borda al capitán Mayhew, que estaba de pie en la popa del ballenero—; sube a bordo”.
Pero ahora Gabriel se puso en pie de un salto.
“¡Piensa, piensa en las fiebres, amarillas y biliosas! ¡Cuidado con la horrible peste!”
—¡Gabriel! ¡Gabriel! —gritó el capitán Mayhew—; tú debes o bien... —Pero en ese instante una ola impetuosa lanzó la chalupa muy por delante, y su rumor de espuma ahogó toda palabra.