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CII

cabeza apoyada contra un cocotero cuyas frondas colgantes y plumosas parecían su penacho verde. Cuando al fin se hubo despojado al inmenso cuerpo de sus envolturas de una braza de espesor, y los huesos quedaron bien secos bajo el sol, el esqueleto fue cuidadosamente transportado cañón arriba por el valle de Pupella, donde un gran templo de palmeras señoriales lo abrigaba ahora.

Las costillas estaban colgadas de trofeos; las vértebras, esculpidas con añales arsácidas en extraños jeroglíficos; en el cráneo, los sacerdotes mantenían una llama aromática inextinguible, de modo que la cabeza mística volvía a arrojar su surtidor vaporoso; mientras que, suspendida de una rama, la pavorosa mandíbula inferior oscilaba sobre todos los devotos, como la espada suspendida de un cabello que tanto aterrorizó a Damocles.

Era un espectáculo maravilloso. El bosque era verde como los musgos de la cañada Icy Glen; los árboles se erguían altos y altivos, sintiendo su savia viva; la tierra laboriosa bajo ellos era como el telar de un tejedor, con una alfombra magnífica sobre ella, en la cual los zarcillos de las vides rastreras formaban la urdimbre y la trama, y las flores vivas los diseños. Todos los árboles, con todas sus ramas cargadas; todos los arbustos, los helechos y las hierbas; el aire portador de mensajes; todo esto bullía de incesante actividad. A través del calado de las hojas, el gran sol parecía una lanzadera voladora que tejía la verdura infatigable. ¡Oh, tejedor atareado! ¡tejedor invisible!⁠—¡detente!⁠—¡una palabra!⁠—¿hacia dónde fluye la tela? ¿qué palacio adornará? ¿a qué fin todo este incesante laborar? ¡Habla, tejedor!⁠—¡detén tu mano!⁠—¡tan solo una palabra contigo! No⁠—la lanzadera vuela⁠—los diseños flotan saliendo del telar; la alfombra que corre como torrente se desliza eternamente. El dios-tejedor, él teje; y

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