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III. La Posada del Soplador

de barco con su propia cara de sobriedad, en conjunto se abstenía de hacer tanto ruido como el resto. Este hombre me interesó enseguida; y ya que los dioses del mar habían dispuesto que pronto se convirtiera en mi compañero de tripulación (aunque solo fuera un socio capitalista durmiente, por lo que a esta narración respecta), me aventuraré aquí a dar una pequeña descripción de él. Medía al menos seis pies de altura, con unos hombros nobles y un pecho como un ataguía. Raras veces he visto tanta corpulencia en un hombre. Su rostro estaba profundamente bronceado y tostado, lo que hacía que sus dientes blancos deslumbraran por contraste; mientras que en las profundas sombras de sus ojos flotaban algunos recuerdos que no parecían darle mucha alegría. Su voz anunció de inmediato que era sureño y, por su esbelta estatura, pensé que debía de ser uno de esos altos montañeses de la cordillera de Alleghany, en Virginia. Cuando la algarabía de sus compañeros llegó a su punto más alto, este hombre se escurrió sin ser visto, y no volví a saber de él hasta que se convirtió en mi camarada en el mar. En pocos minutos, sin embargo, sus compañeros echaron de falta su ausencia y, como al parecer era por alguna razón su grandísimo favorito, lanzaron un grito de «¡Bulkington! ¡Bulkington!, ¿dónde está Bulkington?» y salieron raudos de la casa en su busca.

Eran ya cerca de las nueve, y pareciendo la habitación casi sobrenaturalmente silenciosa después de aquellas orgías, comencé a felicitarme por un pequeño plan que se me había ocurrido justo antes de la entrada de los marineros.

A ningún hombre le gusta dormir dos en una misma cama. De hecho, preferirías mucho más no dormir con tu propio hermano. No sé cómo

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