clavado a él, hasta que sin darte cuenta jurabas para tus adentros averiguar qué significaba aquella maravillosa pintura. De vez en cuando, una idea brillante pero, ay, engañosa, cruzaba por tu mente como un dardo.—Es el Mar Negro en una tormenta de medianoche.—Es el combate antinatural de los cuatro elementos primordiales.—Es un brezal maldito.—Es una escena invernal hiperbórea.—Es la ruptura del río del Tiempo prisionero del hielo. Pero al fin todas estas ocurrencias cedían ante aquel algo ominoso en medio del cuadro. Una vez descubierto eso, todo lo demás quedaba claro. Pero alto; ¿no guarda un leve parecido con un pez gigantesco? ¿Acaso el gran leviatán en persona?
De hecho, el diseño del artista parecía este: una teoría final mía, basada en parte en las opiniones reunidas de muchas personas ancianas con quienes conversé sobre el asunto.
El cuadro representa un ballenero de Hornos en un gran huracán; la nave medio anegada bullendo allí con sus tres palos desmantelados como única parte visible, y una ballena exasperada, con el propósito de saltar limpiamente por encima de la embarcación, se halla en el acto tremendo de ensartarse a sí misma en los tres masteleros.
La pared opuesta de esta entrada estaba cubierta por una colección pagana de porras y lanzas monstruosas. * Algunas estaban pobladas de espesos dientes brillantes que se asemejaban a sierras de marfil; * otras estaban adornadas con mechones de cabello humano; * y una tenía forma de hoz, con un enorme mango que trazaba una curva como la franja abierta en la hierba reciéngada por un segador de largos brazos. Uno se estremecía al contemplarla y se preguntaba qué caníbal y salvaje monstruoso habría salido a cosechar muertes con un instrumento tan