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XIV. Nantucket

Los barcos mercantes no son sino puentes colgantes; los armados, fortalezas flotantes; incluso los piratas y corsarios, aunque siguen el mar como los salteadores de caminos la ruta, no hacen más que saquear otros barcos, otros fragmentos de la tierra como ellos mismos, sin pretender extraer su sustento del abismo insondable en persona.

El natucketense, él solo habita y se alborota en el mar; él solo, en lenguaje bíblico, baja a él en naves; surcándolo de ida y vuelta como a su propia plantación particular.

Allí está su hogar; allí se halla su negocio, al que un diluvio universal no interrumpiría, aunque anegara a todos los millones de habitantes de China.

Vive en el mar, como los gallos de pradera en la pradera; se oculta entre las olas, las escala como los cazadores de gamuzas escalan los Alpes.

Durante años no conoce la tierra; de modo que cuando por fin llega a ella, huele como otro mundo, de forma más extraña de lo que la luna le olería a un habitante de la Tierra.

Al igual que la gaviota sin patria, que al atardecer pliega sus alas y se mece para dormir entre las olas; así al caer la noche, el nativo de Nantucket, fuera de la vista de tierra, frunce sus velas y se acuesta a descansar, mientras bajo su misma almohada corren manadas de morsas y ballenas.

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