si se hubiera asomado por su borda esa noche, casi habría pensado que todo el mar redondo era un enorme queso y que esos tiburones eran los gusanos que vivían en él.
Sin embargo, cuando Stubb dispuso la guardia del ancla después de concluir su cena; y cuando, en consecuencia, Queequeg y un marinero del castillo de proa subieron a la cubierta, se creó un considerable revuelo entre los tiburones; pues, suspendiendo inmediatamente los andamios de despiece por la borda y bajando tres linternas, de modo que proyectaran largos haces de luz sobre el mar turbio, estos dos marineros, esgrimiendo sus largas espadas balleneras, mantuvieron una incesante matanza de tiburones, clavando el afilado acero hondo en sus cráneos, al parecer su única parte vital.
Pero en la confusa espuma de sus huestes mezcladas y forcejeantes, los tiradores no siempre podían dar en el blanco; y esto trajo consigo nuevas revelaciones de la increíble ferocidad del enemigo. Con saña, no solo se lanzaban tarascadas a las entrañas destripadas de los otros, sino que, como arcos flexibles, se doblaban hacia atrás y mordían las suyas propias; hasta el punto de que aquellas entrañas parecían ser tragadas una y otra vez por la misma boca, para ser expulsadas por el lado opuesto a través de la herida abierta.
Tampoco fue esto todo. Era peligroso andar toqueteando los cadáveres y espectros de estas criaturas. Una especie de vitalidad genérica o panteísta parecía latir en sus mismas coyunturas y huesos, después de que lo que cabría llamar la vida individual hubiera desaparecido. Muerto y izado a la cubierta en pro de su piel, uno de estos tiburones casi le arranca la mano al pobre Queequeg cuando este intentó cerrar la tapa inerte de su mandíbula asesina.
—A Queequeg no importarle qué dios lo hizo tiburón —dijo el salvaje, alzando y bajando la mano con angustia—; ya sea dios de Fiyi o dios de Nantucket; pero el dios que hizo al tiburón debe de ser un maldito indio.