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XCI

Y todo el tiempo innumerables aves acuáticas se sumergían, y se zambullían, y chillaban, y gritaban, y peleaban a su alrededor. Stubb empezaba a mostrar cara de decepción, sobre todo al intensificarse el horrible ramillete, cuando de repente, surgida del mismísimo corazón de esta peste, se deslizó una tenue corriente de perfume que fluía a través de la marea de malos olores sin ser absorbida por ella, del mismo modo que un río desemboca en otro y luego discurre junto a él, sin mezclarse en absoluto durante un buen trecho.

—¡Lo tengo, lo tengo!, exclamó Stubb, encantado, dando con algo en las regiones subterráneas, ¡una bolsa! ¡una bolsa!

Dejó caer la pala, hundió ambas manos y sacó puñados de algo que parecía jabón de Windsor maduro, o un queso viejo, rico y jaspeado; además, muy untuoso y de olor sabroso. Fácilmente se le podía hundir el dedo pulgar; es de un tono entre amarillo y color ceniza. Y esto, buenos amigos, es ámbar gris, que vale una guinea de oro la onza para cualquier boticario.

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