The Gam
La razón ostensible por la que Ahab no subió a bordo del ballenero con el que nos habíamos cruzado fue esta: el viento y la mar anunciaban temporales. Pero aun de no haber sido así, tal vez no habría abordado el barco —a juzgar por su conducta posterior en ocasiones similares— de haberse dado el caso de que, mediante el procedimiento de gritar a la distancia, hubiera obtenido una respuesta negativa a la pregunta que formulaba.
Pues, como a la postre resultó, no le importaba confraternizar, ni siquiera por espacio de cinco minutos, con ningún capitán extraño, a menos que este pudiera aportarle algo de la información que con tanto ardor buscaba.
Pero todo esto podría quedar insuficientemente valorado si no se dijera algo aquí de los usos peculiares de los balleneros cuando se encuentran en mares extranjeros, y en especial en una zona común de caza.
Si dos extraños que cruzan los Pine Barrens en el estado de Nueva York, o la igualmente desolada llanura de Salisbury en Inglaterra; si al encontrarse casualmente en parajes tan inhóspitos, ambos, por su vida, no pueden evitar saludarse mutuamente; y detenerse un momento para intercambiar noticias; y, tal vez, sentarse un rato a descansar juntos: cuánto más natural será entonces que, en los ilimitados Pine Barrens y llanuras de Salisbury del mar, dos balleneros que se divisan mutuamente en los confines de la tierra —frente a la solitaria isla Fanning, o las lejanas islas King’s Mills—; cuánto más natural, digo, que bajo tales circunstancias estos barcos no solo intercambien saludos, sino que entren en un contacto aún más cercano, amistoso y sociable.