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XXIV. The Advocate

aquellas costas por considerarlas pestilencialmente bárbaras; pero el ballenero hizo escala allí. El ballenero es la verdadera madre de esa ahora poderosa colonia. Además, en la infancia del primer establecimiento australiano, los emigrantes se salvaron varias veces de la inanición gracias a la benévola galleta del ballenero que por suerte fondeó en sus aguas. Las innumerables islas de toda la Polinesia confiesan la misma verdad y rinden homenaje comercial al ballenero, que abrió el camino al misionero y al comerciante, y en muchos casos condujo a los misioneros primitivos a sus primeros destinos. Si esa tierra de doble cerrojo, Japón, llega a ser hospitalaria algún día, se deberá única y exclusivamente al ballenero; pues ya se encuentra en el umbral.

Pero si, ante todo esto, todavía declaras que la caza de ballenas no tiene asociaciones estéticamente nobles relacionadas con ella, entonces estoy dispuesto a romper cincuenta lanzas contigo en ese punto, y derribarte del caballo con el yelmo partido cada vez.

Dirás que la ballena no tiene ningún autor famoso, ni la caza de ballenas ningún cronista célebre.

¿La ballena ningún autor famoso, y la caza de ballena ningún cronista célebre? ¿Quién escribió la primera relación de nuestro Leviatán? ¡Quién sino el poderoso Job!

¿Y quién compuso la primera narración de un viaje ballenero? ¿Quién, sino nada menos que un príncipe como Alfredo el Grande, quien, de su propia mano real, puso por escrito las palabras de Ohther, ¡el ballenero noruego de aquellos tiempos!

¿Y quién pronunció nuestro encendido elogio en el Parlamento? ¡Quién, sino Edmund Burke!

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