espiráculo, y de esa tazón de ponche viviente abrevaríamos la materia viva”.
Una y otra vez, en medio de aquella juguetona charla, se repite el hábil dardo, y la lanza regresa a su amo como un lebrel sujeto por diestra traílla. El angustiado ballena entra en su estertor; la estacha se afloja y el arponero enhiesto, quedándose atrás, cruza las manos y observa en silencio morir al monstruo.