The Whale Watch
Las cuatro ballenas matadas aquella tarde habían muerto muy separadas; una, muy a barlovento; otra, menos distante, a sotavento; otra a proa; otra a popa.
Estas tres últimas fueron amadrinadas al través antes del anochecer; pero la de barlovento no pudo ser alcanzada hasta la mañana; y el bote que la había matado se quedó a su lado toda la noche; y ese bote era el de Ahab.
El asta del distintivo de propiedad fue clavada verticalmente en el respiradero de la ballena muerta; y el farol pendiente de su extremo arrojaba un resplandor inquieto y parpadeante sobre el lomo negro y lustroso, y muy a lo lejos sobre las olas de medianoche, que rozaban suavemente el ancho flanco del cetáceo, como una blanda rompiente en la playa.
Ahab y toda la tripulación de su bote parecían dormidos, excepto el parsi, el cual, agazapado en la proa, se sentaba a observar los tiburones que jugaban de manera espectral alrededor de la ballena y golpeaban con sus colas las ligeras tablas de cedro. Un sonido semejante al lamento en escuadrones sobre el Asfaltites de los fantasmas no perdonados de Gomorra recorrió el aire estremeciéndose.
Despertado de su sopor, Ahab, cara a cara, vio al parsi; y rodeados por el aro de la oscuridad de la noche, parecían los últimos hombres sobre un mundo inundado.
«Lo he soñado otra vez», dijo.