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CXXV

ahora en el mar espumoso que corría de lado.

El hombre de Man tomó el carretel y, sosteniéndolo en alto por los extremos salientes del mango del eje, alrededor del cual giraba la bobina de sedal, se quedó así con la corredera angular colgando hacia abajo, hasta que Ahab se le acercó.

Ahab se puso de pie ante él, y estaba desovillando ligeramente unas treinta o cuarenta vueltas para formar una madeja preliminar que arrojaría por la borda, cuando el viejo manxmen, que los miraba atentamente tanto a él como a la línea, se atrevió a hablar.

—Señor, desconfío de esto; esta línea parece muy gastada, el calor y la humedad prolongados la han arruinado.

—Aguantará, viejo caballero. El calor prolongado y la humedad, ¿te han arruinado? Pareces aguantar. O, tal vez más cierto, la vida te sostiene a ti; no tú a

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