atender a los saleros y regañando entretanto a su pequeño muchacho negro.
—¡Leñera! —grité—. ¿Por dónde se va? ¡Corre, por el amor de Dios, y trae algo para abrir la puerta a la fuerza, el hacha! ¡El hacha! Le ha dado un ataque, ¡te lo aseguro! —y, diciendo esto, volví a subir las escaleras atropelladamente y con las manos vacías, cuando la señora Hussey se interpuso con el tarro de la mostaza, la vinagrera y toda la planta de su semblante.
—¿Qué le pasa a usted, joven?
«¡Traigan el hacha! ¡Por el amor de Dios, que alguien vaya por el médico, mientras yo hago palanca para abrirlo!»
«Mire usted», dijo la patrona, dejando rápidamente la vinagrera para tener una mano libre; «mire usted, ¿está hablando de forzar alguna de mis puertas?» —y con eso me agarró del brazo—. «¿Qué le pasa a usted? ¿Qué le pasa a usted, camarada?».
De la manera más calmada, pero a la vez más rápida posible, le di a entender todo el asunto. Llevándose maquinalmente la vinagrera a un lado de la nariz, caviló un instante; luego exclamó: —¡No! ¡No lo he visto desde que lo puse ahí! Corriendo hacia un pequeño armario bajo el descansillo de la escalera, echó un vistazo dentro y, al volver, me dijo que el arpón de Queequeg había desaparecido. > —Se ha suicidado —gritó—. Es el desafortunado caso de Stiggs repetido otra vez; ahí va otra colcha; ¡Dios se apiade de su pobre madre!; esto va a ser la ruina de mi casa. ¿Tiene el pobre muchacho una hermana? ¿Dónde está esa chica? ¡Eh, Betty, ve a ver al Pintor Snarles y dile que me pinte