—¡Bueno! —exclamó Ahab, con una salvaje aprobación en el tono, al observar la entusiasta animación que su inesperada pregunta había provocado en ellos de un modo tan magnético.
“¿Y qué hacéis después, hombres?”
“¡Arriaden y tras él!”
—¿Y qué tonada es esa a la que tiran, muchachos?
“¡Una ballena muerta o un bote destrozado!”
Más y más extraña, ferozmente alegre y aprobadora se tornaba la faz del viejo con cada grito; mientras los marineros empezaban a mirarse los unos a los otros con curiosidad, como maravillados de cómo era posible que ellos mismos se sintieran tan entusiasmados ante preguntas en apariencia tan carentes de propósito.
Pero volvieron a arder en entusiasmo cuando Ahab, girando a medias en su agujero de pivte, con una mano levantada hacia los obenques, agarrándose a ellos con fuerza, casi convulsivamente, les dirigió estas palabras:—
“Todos vosotros, los vigías de gavia, me habéis oído dar órdenes antes sobre una ballena blanca. ¡Mirad! ¿Veis esta onza de oro española?” —alzando una ancha y brillante moneda hacia el sol—, “es una pieza de dieciséis dólares, muchachos. ¿La veis? Señor Starbuck, páseme aquel mazo de gavia”.
Mientras el segundo oficial iba por el martillo, Ahab, sin hablar, frotaba lentamente la moneda de oro contra los faldones de su chaqueta, como para aumentar su brillo, y sin pronunciar palabra tarareaba por lo bajo para sus adentros, produciendo un sonido tan extrañamente apagado e inarticulado que parecía el zumbido mecánico de los engranajes de su propia vitalidad.