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XXII. Feliz Navidad

marcharse aún; muy reacio a abandonar, para siempre, un barco con destino a un viaje tan largo y peligroso —más allá de ambos cabos tormentosos—; un barco en el que tenía invertidos unos cuantos miles de sus dólares bien ganados; un barco en el que un viejo compañero de navegación zarpaba como capitán; un hombre casi tan tan viejo como él, que se disponía una vez más a enfrentarse a todos los terrores de las fauces despiadadas; reacio a decir adiós a algo tan rebosante en todos los sentidos de todo tipo de interés para él⁠ —el pobre viejo Bildad se demoró largamente; recorrió la cubierta con pasos ansiosos; bajó corriendo a la camarilla para decir otra palabra de despedida allí; volvió a subir a cubierta y miró a barlovento; miró hacia las aguas anchas e interminables, solo limitadas por los lejanos e invisibles continentes orientales; miró hacia la tierra; miró a lo alto; miró a derecha e izquierda; miró a todas partes y a ninguna; y por fin, enrollando mecánicamente un cabo en su cabilla, apretó convulsivamente la mano del fornido Peleg y, levantando un linterna, se quedó un momento contemplando heroicamente su rostro, como quien dice: «Aun así, amigo Peleg, puedo soportarlo; sí, puedo»

En cuanto a Peleg mismo, se lo tomó con más filosofía; mas, a pesar de toda su filosofía, una lágrima brillaba en su ojo cuando el farol se acercaba demasiado. Y él tampoco dejó de correr un buen poco entre el entrepuente y la cubierta—ahora una palabra abajo, y ahora una palabra con Starbuck, el primer oficial.

Pero, al fin, se volvió hacia su compañero, con una especie de mirada definitiva a su alrededor: —Capitán Bildad, vamos, viejo compañero de a bordo, tenemos que marchar. ¡Ponga la cruz en facha ahí! ¡Bote, ahuele! ¡Prepárense para atracar bien al costado ya! ¡Con cuidado, con cuidado! Vamos, Bildad, muchacho, di tu último adiós. ¡Suerte para ti, Starbuck; suerte para ti, señor Stubb; suerte para ti, señor Flask; adiós y buena suerte para todos vosotros, y de aquí a tres años tendré una cena caliente humeando para vosotros en el viejo Nantucket. ¡Hurra y en marcha!

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