estaba haciendo. «Pero ¿tú por qué te agarras la tuya?».
—¡Oh, nada! Es una nariz de cera; tengo que sostenerla. Buen día, ¿verdad? Un aire más bien a jardincito, diría yo; lánzanos un ramo de flores, ¿quieres, Botón de Rosa?
—¿Qué diablos quieres aquí? —rugió el hombre de Guernsey, montando en cólera de repente.
“¡Oh! ¡conserva la calma —calma? sí, ¡esa es la palabra! ¿por qué no metes esas ballenas en hielo mientras trabajas en ellas? Pero, hablando en serio; ¿sabes, Capullito de Rosa, que es una absoluta tontería intentar sacar algo de aceite de semejantes ballenas? En cuanto a esa seca de ahí, no le queda ni una brasa en todo el armazón”.
—Eso lo sé muy bien; pero, ¿ve usted?, el Capitán aquí presente no quiere creerlo; este es su primer viaje; antes era fabricante de agua de colonia. Pero suba a bordo, y tal vez le crea a usted si a mí no me cree; y así saldré de este lío desagradable.
“Con todo gusto para servirle, mi dulce y simpático amigo”, replicó Stubb, y con eso subió enseguida a la cubierta. Allí se presentaba una escena extraña. Los marineros, con gorros de estambre rojo con borla, estaban preparando los pesados aparejos para las ballenas. Pero trabajaban bastante despacio y hablaban muy deprisa, y parecía que estaban de cualquier cosa menos de buen humor. Todas sus narices proyectábanse hacia arriba desde sus rostros como otros tantos botalones de foque. De cuando en cuando, parejas de ellos dejaban su trabajo y corrían a lo alto del mástil para tomar un poco de aire fresco. Algunos, pensando que contraerían la peste, empapaban estopa en alquitrán de hulla y, a intervalos, se la acercaban a las fosas nasales.