El Albatros
Hacia el sudeste del Cabo, frente a las lejanas islas Crozet, una buena zona de caza para los balleneros de ballena franca, apareció un velero en el horizonte, la Goney (Albatros) por nombre. A medida que se iba acercando lentamente, desde mi elevado puesto en el tope del trinquete, tuve una magnífica vista de ese espectáculo tan extraordinario para un novato en las lejanas pesquerías oceánicas: un ballenaquero en alta mar y ausente de su hogar desde hacía mucho tiempo.
Como si las olas hubiesen sido batanes, esta embarcación estaba blanqueada como el esqueleto de una morsa encallada. Por todos sus costados, este aspecto espectral aparecía surcado por largos canales de herrumbre rojiza, mientras que todos sus spars y su arboladura parecían las gruesas ramas de los árboles cubiertas de escarcha.
Solo llevaba desplegadas las velas bajas. Era un espectáculo salvaje ver a sus vigías de largas barbas en lo alto de aquellos tres masteleros. Parecían vestidos con pieles de bestias, tan desgarrados y remendados estaban los atavíos que habían sobrevivido a casi cuatro años de travesía.
De pie en aros de hierro clavados al mástil, se balanceaban y oscilaban sobre un mar sin fondo; y aunque, cuando el barco se deslizó lentamente pasando muy cerca de nuestra popa, nosotros, los seis hombres en el aire, nos acercamos tanto los unos a los otros que casi habríamos podido saltar de los masteleros de un barco a los del otro, aquellos pescadores de aspecto desolado, mirándonos con mansedumbre al pasar, no dijeron ni una sola palabra a nuestros propios vigías, mientras desde abajo se escuchaban los gritos de saludo del puente de popa.