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CII

basándose en motivos similares: el rey Tranquo se apropió de la suya porque le dio la gana, y sir Clifford, porque era señor de los dominios de aquellas tierras. La ballena de sir Clifford ha sido articulada por completo; de modo que, como una gran cómoda, se le puede abrir y cerrar en todas sus cavidades óseas, desplegar sus costillas como un abanico gigantesco y columpiarse todo el día en su mandíbula inferior. Se van a colocar cerraduras en algunas de sus trampillas y contraventanas, y un lacayo enseñará el lugar a los futuros visitantes con un manojo de llaves al cinto. Sir Clifford piensa cobrar dos peniques por echar un vistazo a la galería de los susurros en la columna vertebral; tres peniques por escuchar el eco en el hueco de su cerebelo; y seis peniques por la inigualable vista desde su frente.

Las dimensiones del esqueleto que ahora procederé a consignar están copiadas textualmente de mi brazo derecho, donde me las hice tatuar; pues en mis salvajes deambulares de aquel entonces, no había otra manera segura de preservar tan valiosas estadísticas. Pero como andaba escaso de espacio y deseaba que las otras partes de mi cuerpo siguieran siendo una página en blanco para un poema que estaba componiendo entonces —al menos las partes que quedaran sin tatuar—, no me tomé la molestia de anotar las pulgadas sueltas; ni tampoco, a decir verdad, deberían las pulgadas entrar en juego en una medición adecuada de la ballena.

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