“Starbuck, últimamente me he sentido extrañamente conmovido hacia ti; desde aquella hora en que ambos vimos —tú sabes qué— en los ojos del otro. Pero en este asunto de la ballena, sé para mí con el frente de tu rostro como la palma de esta mano: un espacio en blanco, sin labios y sin rasgos.
Ahab es siempre Ahab, hombre. Todo este acto está inmutablemente decretado. Fue ensayado por ti y por mí mil millones de años antes de que este océano olease. ¡Necio! Soy el teniente de las Parcas; actúo bajo órdenes. ¡Procura tú, subordinado, obedecer las mías! —Rodéadme, hombres.
Veis a un viejo reducido al tronco; apoyado en una lanza astillada; sostenido sobre un pie solitario. Soy Ahab; esto es parte de su cuerpo; pero el alma de Ahab es un ciempiés que se mueve sobre cien patas. Me siento tenso, medio encallado, como los cabos que remolcan fragatas desmastadas en un vendaval; y es posible que lo parezca. Pero antes de romperse, me oiréis crujir; y hasta que oigáis eso, sabed que la estacha de Ahab aún remolca su propósito.
¿Creéis, hombres, en esas cosas llamadas presagios? ¡Pues reíste a carcajadas y gritad encore! Porque antes de ahogarse, las cosas que se ahogan ascienden dos veces a la superficie; luego vuelven a subir, para hundirse para siempre jamás. Así ocurre con Moby Dick: ha floto durante dos días; mañana será el tercero. Sí, hombres, ¡volverá a subir una vez más!, ¡pero solo para exhalar su último soplo! ¿Os sentís valientes, muchachos, valientes?”
—Como un fuego intrépido —gritó Stubb.
“Y tan maquinales”, murmuró Ahab.