Hace unos cincuenta años hubo un curioso caso de apropiación indebida de ballena litigado en Inglaterra, en el que los demandantes alegaban que, tras una dura persecución de una ballena en los mares del Norte, y cuando en verdad ellos (los demandantes) habían logrado arponear al pez, se vieron por fin obligados, a riesgo de sus vidas, a abandonar no solo sus líneas, sino su propio bote.
Por último, los demandados (la tripulación de otro barco) alcanzaron a la ballena, la hirieron, la mataron, la capturaron y finalmente se la apropiaron ante las mismas narices de los demandantes. Y cuando se le hicieron reproches a dichos demandados, su capitán chasqueó los dedos en las narices de los demandantes y les aseguró que, a modo de colofón del acto que había realizado, se quedaría ahora con su línea, sus arpones y su bote, los cuales habían permanecido unidos a la ballena en el momento de la captura.
Por lo cual los demandantes reclamaban ahora judicialmente el valor de su ballena, línea, arpones y bote.
Mr. Erskine era el abogado de los demandados; Lord Ellenborough era el juez. En el curso de la defensa, el ingenioso Erskine pasó a ilustrar su postura aludiendo a un reciente caso de adulterio (crim. con.), en el cual un caballero, tras intentar en vano enfrenar la agresividad viciosa de su esposa, al fin la había abandonado en los mares de la vida; pero con el paso de los años, arrepentido de aquel paso, entabló una demanda para recuperar la posesión de ella. Erskine estaba en el otro bando; y entonces lo defendió diciendo que, aunque el caballero había arponearlo originalmente a la dama, y una vez la había tenido bien sujeta, y solo debido a la enorme tensión de su furia saltarina y viciosa la había abandonado al fin; sin embargo, la abandonó, de modo que se convirtió en un pez libre (loose-fish); y por lo tanto, cuando un caballero posterior