y también hay peligro de salir expedido cuando topas con una colina. ¡Hurra! ¡Así es como se siente uno cuando va a dar con el diablo... todo un descenso vertiginoso por un plano inclinado sin fin! ¡Hurra! ¡Esta ballena lleva el correo eterno!
Pero la carrera del monstruo fue breve. Lanzando una súbita exhalación, zambulló tumultuosamente. Con un chirriante tropel, las tres líneas giraron en torno a los postes de amura con tanta fuerza que cavaron en ellos profundos surcos; y tan temerosos estaban los arponeros de que esta rápida inmersión agotara pronto las líneas, que, empleando toda su hábil destreza, dieron repetidas vueltas humeantes con el cabo para resistir; hasta que al fin —debido a la tensión perpendicular desde las guías forradas de plomo de las proas, de donde las tres cuerdas bajaban rectas hacia el azul— las bordas de las proas quedaron casi al nivel del agua, mientras las tres popas se inclinaban en alto en el aire. Y cesando pronto el ballena de sumergirse, durante un rato permanecieron en esa actitud, temerosos de gastar más línea, aunque la posición era un tanto peliaguda. Pero aunque algunas embarcaciones han sido arrastradas al fondo y perdidas de este modo, es este «aguantar», como se le llama; este izamiento por las afiladas barbas desde la carne viva de su lomo; esto es lo que a menudo atormenta al Leviatán hasta hacerlo subir de nuevo pronto para enfrentarse a la afilada lanza de sus enemigos. Sin embargo, por no hablar del peligro del asunto, cabe dudar si este proceder es siempre el mejor; pues es razonable suponer que, cuanto más tiempo permanece el cachalote herido bajo el agua, más se agota. Porque, debido a su enorme superficie —en un cachalote adulto algo menos de dos mil pies cuadrados—, la presión del agua es inmensa. Todos sabemos bajo qué asombroso peso atmosférico soportamos estar en pie; aun aquí, sobre la tierra, en el aire; ¡cuán vasto será entonces el fardo de una ballena, que soporta sobre su lomo una columna de doscientas brazas de océano! Debe de equivaler al menos al peso de cincuenta atmósferas. Un ballenero lo ha estimado en el peso de veinte navíos de línea, con todos sus cañones, provisiones y hombres a bordo.