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LXXXI

En esa actitud airosa, suelta y caballeresca del arponero jefe al acercarse a su presa, los tres oficiales se erguían con orgullo, azuzando de vez en cuando al remero de popa con un grito estimulante: «¡Ahí se desliza, ahora! ¡Hurra por la brisa de fresno blanco! ¡A por el alemán! ¡Pásenle por encima!».

Pero una arrancada tan singular había tenido Derick, que, a pesar de toda su bizarría, se habría alzado con la victoria en aquella regata, de no haber caído sobre él un justo castigo en forma de un cangrejo de mar que atrapó la pala del remero de su centro.

Mientras este torpe patán forcejeaba para liberar su remo de fresno blanco, y mientras, en consecuencia, la chalupa de Derick estuvo a punto de zozobrar, y él bramaba contra sus hombres en un tremendo arrebato, aquel fue un buen momento para Starbuck, Stubb y Flask.

Con un grito, dieron una arrancada mortal hacia adelante y se colocaron oblicuamente junto a la aleta del alemán. Un instante más, y las cuatro chalupas se hallaban en diagonal justo en la estela de la ballena, mientras se extendía desde ellas, a ambos lados, el oleaje espumoso que el cetáceo levantaba.

Era un espectáculo formidable, sumamente lastimoso y enloquecedor. La ballena avanzaba ahora con la cabeza fuera, lanzando su surtidor por delante en un chorro continuo y atormentado; mientras su única y pobre aleta se golpeaba el costado en una agonía de espanto. Ya hacia este lado, ya hacia aquel, se iba guiñando en su huida tambaleante, y aún en cada ola que rompía, se hundía espasmódicamente en el mar, o rodaba de costado hacia el cielo su única aleta palpitante. Así he visto yo a un ave de ala cortada trazar círculos espantados y rotos en el aire, esforzándose en vano por escapar de los halcones piratas. Pero el ave tiene voz, y con quejosos chillidos manifestará su miedo; mas el

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