alrededor como un fuego blanco sobre la pradera, en el cual, sin consumiros, nos estábamos quemando; ¡inmortales en estas fauces de la muerte! En vano llamábamos a los otros botes; tanto valía gritarle a los carbones encendidos dentro de la chimenea de un horno llameante como gritar a esos botes en aquella tormenta. Entre tanto, la espuma azotada, el celaje y la bruma se oscurecieron más con las sombras de la noche; no se veía rastro alguno del barco. El mar creciente impedía todo intento de sacar el agua del bote. Los remos eran inútiles como propulsores, cumpliendo ahora la función de salvavidas. Así pues, cortando la atadura del barrilito impermeable de cerillas, tras muchos intentos Starbuck se las arregló para encender la lámpara del farol; luego, extendiéndola sobre un asta con banderola, se la entregó a Queequeg como el abanderado de esta causa perdida. Allí, pues, se sentaba, sosteniendo aquella vela imbécil en el corazón de aquel todopoderoso desamparo. Allí, pues, se sentaba, el signo y símbolo de un hombre sin fe, sosteniendo sin esperanza la esperanza en medio de la desesperación.
Húmedos, empapados hasta los huesos y tiritando de frío, sin la menor esperanza de ver un buque o un bote, levantamos los ojos al despuntar el alba. La niebla todavía se extendía sobre el mar; el farol vacío yacía aplastado en el fondo de la embarcación. De repente, Queequeg se puso en pie de un salto, ahuecando la mano junto a la oreja. Todos oímos un débil crujido, como de cabos y vergas que hasta entonces la tormenta había ahogado. El sonido se acercaba cada vez más; la espesa niebla se abrió penosamente ante una forma enorme y vaga.