Conozco a un hombre que, en el curso de su vida, ha capturado trescientos cincuenta cetáceos. Considero a ese hombre más honorable que a aquel gran capitán de la antigüedad que se jactaba de haber tomado otras tantas ciudades amuralladas.
Y, por mi parte, si por ventura hay en mí algo primordial aún por descubrir; si llego a merecer alguna verdadera reputación en ese pequeño pero augusto y silencioso mundo a cuya altura no sería irrazonable aspirar; si en lo sucesivo hago algo que, en resumidas cuentas, un hombre prefiera haber hecho antes que haber dejado de hacer; si al morir mis albaceas, o con mayor propiedad mis acreedores, hallan algún manuscrito valioso en mi escritorio, desde ahora le atribuyo toda la honra y la gloria a la caza de ballenas; porque un ballenero fue mi Universidad de Yale y mi Harvard.