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XXXV. La arboladura

lo llamó el nido de cuervo de Sleet, en honor a sí mismo; ya que era el inventor y titular original, y libre de toda falsa y ridícula delicadeza, sosteniendo que si bautizamos a nuestros propios hijos con nuestros propios nombres (siendo nosotros, los padres, los inventores y titulares originales), del mismo modo deberíamos bautizar con el nuestro cualquier otro aparato que engendremos. En cuanto a la forma, el nido de cuervo de Sleet se parece un poco a una gran barrica o tonel; está abierto por arriba, sin embargo, donde cuenta con una pantalla lateral móvil para resguardar la cabeza del viento en un fuerte vendaval. Al estar fijado en la cumbre del mástil, se asciende a él a través de una pequeña escotilla trampa en el fondo. En la parte posterior, o lado que da a la popa del barco, hay un asiento cómodo, con un cofre debajo para los paraguas, bufandas y abrigos. Al frente hay un soporte de cuero, para guardar la bocina, la pipa, el catalejo y otros bártulos náuticos. Cuando el capitán Sleet en persona hacía su guardia en el palo en este nido de cuervo suyo, nos cuenta que siempre llevaba un rifle consigo (también sujeto en el soporte), junto con una polvorera y perdigones, con el propósito de cargarse a los narvales solitarios, o unicornios de mar vagabundos que infestaban aquellas aguas; pues no se les puede disparar con éxito desde la cubierta debido a la resistencia del agua, pero dispararles desde arriba es una cosa muy distinta. Ahora bien, era claramente un trabajo hecho con amor por parte del capitán Sleet describir, como lo hace, todas las pequeñas comodidades detalladas de su nido de cuervo; pero aunque se explaye tanto sobre muchas de ellas, y aunque nos obsequie con un relato muy científico de sus experimentos en este nido de cuervo, con una pequeña brújula que guardaba allí con el fin de contrarrestar los errores derivados de la llamada «atracción local» de todos los imanes de bitácora; un error achacable a la proximidad horizontal del hierro en las tablas del barco, y en el caso del Glacier, tal vez a que hubiera tantos herreros arruinados entre su tripulación; digo que, aunque el capitán es muy prudente y científico aquí, a pesar de todas sus eruditas «desviaciones de la bitácora», «observaciones con compás azimutal» y «errores aproximados», sabe

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