Mirad ahora a Stubb; un hombre que, por su humorística, deliberada frialdad y ecuanimidad en las emergencias más terribles, estaba especialmente capacitado para sobresalir en el lanzamiento del arpón de pértiga.
Miradle; está de pie en la proa zarandeada de la barca voladora; envuelta en espuma vellosa, la ballena remolcada se halla a cuarenta pies por delante.
Manejando la larga lanza con ligereza, mirándola de soslayo dos o tres veces a lo largo para ver si está perfectamente recta, Stubb recoge silbando el cabo de la beta en una mano, de modo que asegura su extremo libre en su asidero, dejando el resto despejado.
Luego, sosteniendo la lanza justo ante el centro de su pretina, la nivela hacia la ballena; y, apuntándole con ella, baja firmemente el cabo posterior en su mano, elevando así la punta hasta que el arma queda bien equilibrada sobre la palma, a quince pies en el aire.
Hace que os acordéis un poco de un malabarista equilibrando una larga vara en la barbilla.
Al momento siguiente, con un impulso rápido e indescriptible, en un soberbio y elevado arco el brillante acero cruza la distancia espumosa y tiembla en el punto vital de la ballena.
En vez de agua espumosa, ahora surte sangre roja.
“¡Eso le ha arrancado el tapón!”, exclamó Stubb. “¡Es el inmortal Cuatro de Julio; hoy todas las fuentes deben manar vino! ¡Quién fuera ahora güisqui del viejo Orleans, o del viejo Ohio, o del indescriptible viejo Monongahela! ¡Entonces, muchacho Tashtego, te haría sostener una cantarilla bajo el surtidor, y beberíamos a su alrededor! Sí, en verdad, almas vivas, prepararíamos un ponche exquisito en la amplitud de su