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XVI. El Barco

Tal, pues, era la persona que vi sentada en el bancal de popa cuando seguí al capitán Peleg hasta la cabina.

El espacio entre las cubiertas era pequeño; y allí, derecho como un huso, estaba sentado el viejo Bildad, que siempre se sentaba así y jamás se recostaba, y esto para no arrugar los faldones de su levita. Su sombrero de ala ancha estaba colocado a su lado; sus piernas se cruzaban rígidamente; su atuendo grisáceo estaba abotonado hasta la barbilla; y con las gafas en la nariz, parecía absorto en la lectura de un voluminoso tomo.

—Bildad —exclamó el capitán Peleg—, ¿otra vez a las andadas, Bildad, eh? Llevas estudiando esas Escrituras desde hace treinta años, que me conste. ¿Hasta dónde has llegado, Bildad?

Como si estuviera desde hace tiempo habituado a semejante charla profana por parte de su viejo compañero de tripulación, Bildad, sin hacer caso de su actual irreverencia, levantó tranquilamente la vista y, al verme, volvió a mirar a Peleg de forma inquisitiva.

—Dice que es nuestro hombre, Bildad —dijo Peleg—, quiere embarcarse.

—¿Y tú? —dijo Bildad con tono cavernoso, volviéndose hacia mí.

«Lo juro» *, dije maquinalmente, pues era un cuáquero sumamente fervoroso.

—¿Qué te parece, Bildad? —dijo Peleg.

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