Viéndose colocado junto al Sacerdote, y notando la ceremonia, y considerándose a sí mismo—por ser capitán de un barco—con evidente precedencia sobre un simple rey isleño, especialmente en la propia casa del rey—, el capitán procede muy calmosamente a lavarse las manos en la ponchera;—tomándola, supongo, por un enorme bol para lavarse los dedos.
—Ahora —dijo Queequeg—, ¿qué piensas ahora?—¿No se rió nuestra gente?
Al fin, pagado el pasaje y a salvo el equipaje, nos encontramos a bordo de la goleta.
Izando las velas, la nave se deslizó río abajo por el Acushnet.
A un lado, New Bedford se alzaba en terrazas de calles, con sus árboles cubiertos de hielo brillando en el aire claro y frío.
Inmensas colinas y montañas de barricas y más barricas se amontonaban en sus muelles, y, lado a lado, los balleneros trotamundos yacían silenciosos y amarrados a salvo por fin; mientras que de otros procedía el sonido de carpinteros y toneleros, con ruidos mezclados de fuegos y fraguas para fundir la brea, todo lo cual presagiaba que nuevos cruceros estaban por comenzar; que un viaje, el más peligroso y largo, terminado, solo da comienzo a un segundo; y un segundo terminado, solo da comienzo a un tercero, y así por el estilo, por siempre jamás.
Tal es la interminabilidad, sí, lo intolerable de todo esfuerzo terrenal.
Al alcanzar las aguas más abiertas, la brisa vivificante arreció fresca; la pequeña Moss arrojaba la espuma rápida desde su proa, como un potro joven sus belfos. ¡Cómo aspiré aquel aire tártaro!; ¡cómo desdeñé aquella tierra de peaje —aquel camino real surcado por doquier de huellas de