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XIII. Carretilla

—Hola, usted, señor —gritó el Capitán, una enjuta ruina del mar, acercándose a zancadas a Queequeg—, ¿qué diablos quiere decir con eso? ¿No sabe que podría haber matado a ese tipo?

—¿Qué él decir? —dijo Queequeg, mientras se volvía mansa y bondadosamente hacia mí.

—Él dice —dije yo— que usted estuvo a punto de matar a ese hombre de ahí —señalando al novato, que aún temblaba.

—¡Kill-e! —gritó Queequeg, contorsionando su rostro tatuado en una expresión sobrenatural de desdén—; ¡ah! him bevy small-e fish-e; ¡Queequeg no kill-e so small-e fish-e; Queequeg kill-e big whale!

—Mire usted —bramó el capitán—, lo voy a matar, caníbal de los mil demonios, si vuelve a intentar alguna de sus jugarretas a bordo; así que ande con mucho cuidado.

Pero sucedió precisamente entonces que era el momento justo en que el capitán debía andar con mucho cuidado.

La prodigiosa tensión en la vela mayor había partido la escota de barlovento, y la tremenda botavara oscilaba ahora de un lado a otro, barrriendo por completo toda la parte posterior de la cubierta.

El pobre infeliz a quien Queequeg había tratado con tanta rudeza fue barrido por la borda; toda la tripulación estaba en pánico, y tratar de arrebatar la botavara para detenerla parecía una locura.

Volaba de derecha a izquierda y de vuelta otra vez, casi en un tic-tac de reloj, y a cada instante parecía estar a punto de hacerse añicos.

No se hizo nada, y nada parecía capaz de hacerse; los que estaban en cubierta corrieron hacia la proa y se quedaron mirando fijamente la botavara como si fuera la mandíbula inferior de una ballena exasperada.

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