Ni siquiera en nuestras supersticiones dejamos de arrojar el mismo manto níveo en torno a nuestros fantasmas; todos los espectros se alzan en una niebla blanco lechosa—Sí, mientras nos dominan estos terrores, añadamos que incluso el rey de los terrores, cuando es personificado por el evangelista, cabalga en su caballo pálido.
Por lo tanto, en sus otros estados de ánimo, simbolice el blanco lo que quiera, ya sea grandioso o benévolo, nadie puede negar que en su significado idealizado más profundo evoca una aparición peculiar en el alma.
Mas aunque en este punto reine el asentimiento unánime, ¿cómo ha de explicarse el hombre mortal? Analizarlo parecería imposible. ¿Podemos, pues, mediante la cita de algunos de esos casos en los que esta cosa de blancura —aunque por entonces despojada, total o en gran parte, de toda asociación directa encaminada a conferirle nada temeroso, no obstante se descubre que ejerce sobre nosotros el mismo sortilegio, por muy modificado que esté—; podemos así esperar dar con alguna pista fortuita que nos conduzca a la causa oculta que buscamos?
Intentémoslo. Pero en un asunto como este, la sutiliza atrae a la sutiliza, y sin imaginación ningún hombre puede seguir a otro a estos salones. Y aunque, sin duda, algunas al menos de las impresiones imaginativas que van a presentarse tal vez hayan sido compartidas por la mayoría de los hombres, pocos quizás fueron plenamente conscientes de ellas en su momento y, por consiguiente, tal vez no puedan recordarlas ahora.
¿Por qué para el hombre de idealidad inculta, que apenas está familiarizado con el carácter peculiar del día, la mera mención de Pentecostés alinea en su imaginación procesiones tan largas, sombrías y silenciosas de peregrinos de paso lento, abatidos y con capuchas de nieve recién caída? O, para el protestante iletrado y simple de los Estados Unidos medios, ¿por qué la simple mención de un fraile blanco o una monja blanca evoca