aleteó impotente con su aleta mutilada, luego giró lenta y repetidamente sobre sí mismo como un mundo agonizante; dejó al descubierto los blancos secretos de su vientre; quedó como un tronco y murió. Fue de lo más conmovedor, aquel último chorro expirante. Como cuando por manos invisibles se drena gradualmente el agua de alguna fuente poderosa, y con gorgoteos apagados y melancólicos la columna de rociada desciende y desciende hasta el suelo—así fue el último y prolongado chorro de muerte de la ballena.
Pronto, mientras las tripulaciones aguardaban la llegada del buque, el cuerpo dio muestras de hundirse con todos sus tesoros intactos.
Inmediatamente, por orden de Starbuck, se aseguraron cables a diferentes puntos del mismo, de modo que al poco tiempo cada bote era una boya; la ballena sumergida quedaba suspendida a unas pocas pulgadas por debajo de ellos mediante las cuerdas.
Mediante un manejo muy cauteloso, cuando el barco se acercó, la ballena fue trasladada a su costado y quedó firmemente amarrada allí con las cadenas de aleta más rígidas, pues era evidente que, a menos de ser sostenido artificialmente, el cuerpo se iría a pique de inmediato.
Dió la casualidad de que, casi al hincarle la pala por primera vez, se encontró toda la longitud de un arpón corroído incrustado en su carne, en la parte inferior de la giba antes descrita. Pero como los cabos de arpones se encuentran con frecuencia en los cuerpos muertos de las ballenas capturadas, con la carne perfectamente cicatrizada a su alrededor y sin protuberancia alguna que indique su lugar, por lo tanto, tenía que haber alguna otra razón desconocida en este caso para explicar plenamente la ulceración aludida. Pero aún más curioso era el hecho de que se le encontrara una punta de lanza de piedra, no lejos del hierro enterrado, con la carne perfectamente