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Caballeros y escuderos

En su juventud, Daggoo se había embarcado voluntariamente en un ballenero anclado en una solitaria bahía de su costa natal. Y como jamás había estado en ninguna parte del mundo fuera de África, Nantucket y los puertos paganos más frecuentados por los balleneros; y habiendo llevado durante muchos años la intrépida vida de la pesca en los barcos de armadores extraordinariamente minuciosos con la clase de hombres que contrataban, Daggoo conservaba intactas todas sus virtudes barbáricas y, erguido como una jirafa, se movía por las cubiertas con toda la pompa de sus seis pies y cinco pulgadas en calcetines. Había una humildad física en tener que mirarlo desde abajo, y un hombre blanco de pie ante él parecía una bandera blanca que hubiera venido a pedir tregua a una fortaleza. Por curioso que parezca, este negro imperial, Asuero Daggoo, era el escudero del pequeño Flask, que a su lado parecía una pieza de ajedrez.

En cuanto al resto de la tripulación del Pequod, baste decir que hoy en día ni uno de cada dos de los muchos miles de hombres ante el mástil empleados en la pesca ballenera estadounidense son estadounidenses de nacimiento, aunque casi todos los oficiales lo sean.

En esto ocurre con la pesca ballenera estadounidense lo mismo que con el ejército y las armadas militar y mercante de Estados Unidos, y con las fuerzas de ingeniería empleadas en la construcción de los canales y ferrocarriles estadounidenses.

Lo mismo, digo yo, porque en todos estos casos el estadounidense nativo aporta generosamente el cerebro, mientras que el resto del mundo suministra con la misma generosidad los músculos.

No pequeño número de estos marineros balleneros pertenece a las Azores, donde los balleneros de Nantucket que zarpan rumbo al mar recalan con frecuencia para aumentar sus tripulaciones con los robustos campesinos de aquellas costas rocosas.

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