Así, los obreros cuyas necesidades eran mayores, y que eran los más dóciles y obedientes, recibían salarios más bajos que los hombres a los que les daba igual estar ocupados u ociosos, y que se inclinaban a prestar más atención a sus propios derechos y prerrogativas que al trabajo para el que habían sido contratados. Si bien debe reprobarse la tendencia de los sindicatos a no reconocer las diferentes capacidades y ambiciones de los obreros, esta ha surgido en gran medida como una reforma a este abuso peor.
Hay otro beneficio que la organización del trabajo ha producido, el cual tal vez sea considerado un mal por algunos, pero que todo hombre amplio y generoso debe reconocer con gratitud como una ganancia para toda la comunidad; y en una nación autogobernada como la nuestra, es un beneficio cuya importancia es difícil sobreestimar.
Este es el mantenimiento de la dignidad y el autorrespeto del trabajador.
No tenemos más que volver la vista atrás