que florecieron cerca de finales de la Edad Media, aunque no se dedicaban al establecimiento de un monopolio, pretendían sin embargo, al menos en algunos casos, obstaculizar la competencia de aquellos ajenos a su gremio.
Pero volviendo al presente, examinemos las condiciones bajo las cuales la competencia en el comercio se ve frenada hoy en día. Tomemos, primero, el caso del comercio minorista en cualquiera de los miles de pueblos rurales y pequeños centros comerciales del país.
La historia de la vida del tendero rural es una constante sucesión de combinaciones y acuerdos con sus rivales, intercalada con periodos de "competencia feroz", en los que, en un arrebato de rencor, vende queroseno y azúcar por debajo del costo y, para hacer que los precios futuros parezcan coherentes, rebaja las telas de percal nuevas calificándolas de "deterioradas por el paso del tiempo en el establecimiento, a mitad de precio".
Es verdad que la suma implicada en cada caso es insignificante, pero si consideramos el volumen enorme de mercancías que se distribuye a través de estos canales, el efecto total del monopolio al elevar el costo de los productos para el consumidor debe de aproximarse al producido por monopolios de mucha mayor fama.
Pero tal vez no parezca evidente que este sea un monopolio de la misma naturaleza (no del mismo grado) que un trust de fabricantes o un pool ferroviario. Ciertamente parece ser verdad que el comerciante tiene derecho a hacer lo que le plazca con su propia propiedad; y que si él y su vecino de enfrente acuerdan cobrar precios uniformes por sus productos, no es asunto de nadie más que suyo. Y, de hecho, aún no estamos preparados para abordar la cuestión del bien y del mal en este asunto. Que el acto es esencialmente una «combinación en restricción de la competencia», sin embargo, es algo evidente por sí mismo.
El grado de este monopolio puede variar enormemente.