El meollo del sermón del monte de Cristo fue aquella regla de oro de la acción: «Todo lo que queráis que los hombres os hagan, hacedlo también vosotros a ellos»; y el conjunto de sus enseñanzas resplandece con el espíritu de la fraternidad; los fuertes cargando con las fatigas de los débiles; los ricos derribados y los pobres ensalzados; el hermano compartiendo con el hermano, según sus necesidades.
Estamos acostumbrados a consolarnos con la reflexión de que estas eran expresiones figuradas, y no pretendían ser mandamientos literales. Pero si reflexionamos con franqueza, debemos confesar que, si la Iglesia pretende seguir el espíritu de los mandamientos de su Maestro, se halla muy lejos, como institución, de alcanzar su pleno significado.
El amor al prójimo que enseñó Cristo sin duda pretendía expresarse en grandes y nobles actos de bondad fraternal. Consideremos la carencia, el sufrimiento, la angustia, la desdicha, la desigualdad por la cual mil familias tienen trabajo duro y comida escasa mientras uno se deleita en el lujos. ¿Son estas cosas repugnantes al espíritu del cristianismo, o no? Todo el mundo sabe que sí.
Es porque los hombres cristianos de hoy en día son proclives a buscar su propia comodidad junto con el resto del mundo, y están acostumbrados a adaptar su código moral cristiano a aquello que la opinión pública declara suficientemente avanzado, que el cristianismo como remedio para los males sociales ha caído en descrédito ante las clases trabajadoras.
Pero los hombres, tanto dentro como fuera de la Iglesia, que están mejor informados sobre el grandioso y noble espíritu que subyace en sus cimientos, miran cada vez más hacia el cristianismo como la única liberación de los males que nos amenazan.