tipos de bienes más rentables; y al confinarlos a otros sectores, han disminuido sus ingresos posibles procedentes de sus
Un mal adicional derivado de la concentración de la riqueza es lo que comúnmente se denomina sobreproducción.
En los últimos años nos enfrentamos al extraño espectáculo de fábricas y molinos cerrados durante meses enteros, de mercados que, en distintos momentos, están abarrotados de toda clase de productos.
Se aducen todo tipo de causas; se sugieren y prueban toda clase de remedios. ¿Dónde está el verdadero?
A excepción de unos pocos casos especiales, la culpa no es de que no haya gente que quiera los bienes. Probablemente noventa y nueve familias de cada cien comprarían más si tuvieran el dinero con qué comprar. En muchos casos la falta de dinero para comprar se debe al hecho de que los sostenedores de la familia están sin empleo debido a los mercados abarrotados y las fábricas inútiles. De este modo, el mal tiende a perpetuarse y a empeorar.
Ahora combínese este hecho con el hecho de que los poseedores de monopolios perciben ingresos tan grandes que, en muchos casos, son totalmente incapaces de gastarlos.
Asimismo, que este ingreso se encuentra en gran parte retenido a la espera de la oportunidad de una inversión provechosa, o se utiliza en especulación.
¿No es obvio, acaso, que la razón por la cual la gente no puede permitirse comprar las mercancías con las que los almacenes están atestados es que una proporción demasiado grande de las ganancias ha sido desviada para engrosar fortunas ya en sí enormes?