Tenemos los gérmenes de otros monopolios en las economías de nuestras ciudades que están destinados a volverse mucho más importantes, pero a los que solo necesitamos referirnos.
El vapor para suministrar calefacción y energía comienza a distribuirse desde grandes centrales, a través de tuberías principales instaladas bajo tierra, a todas las partes de la zona circundante.
La necesidad de reparaciones frecuentes y de detener fugas hace que sea necesario romper el pavimento y excavar hasta las tuberías principales con mucha más frecuencia de la que se requiere para cualquier otro de nuestros servicios subterráneos. Nada parecería más evidente que el número de estas tuberías que se han de instalar de Sede ser el menor posible que sea compatible con el suministro adecuado de la zona; sin embargo, es un hecho que durante un tiempo se permitió a dos compañías de vapor rivales campar a sus anchas por las calles del Bajo Manhattan, hasta que la más débil sucumbió «a causa de la sobrepresión».
Aun así, cabe pocas dudas de que, si otra compañía rival solicitara un permiso para operar en la zona ahora monopolizada por la New York Steam Company, la opinión pública tendería a favorecer la concesión del permiso «porque fomentaría la competencia».
Es de esperar que, antes de que estos grandes sistemas de distribución desde centrales de diversas necesidades alcancen proporciones mucho mayores, el público adquiera la formación suficiente para percibir la insensatez de intentar regularlos mediante la competencia.
La necesidad de esto será más, y no menos, evidente con el uso de cables subterráneos en lugar de aéreos. El costo de colocar cables en galerías subterráneas está muy por encima del costo de tenderlos en postes, y si estamos obligados a construir nuestras galerías subterráneas lo suficientemente grandes para albergar todos los cables rivales que puedan presentarse, tenemos una tarea titánica entre manos.