Pero la ley que hemos encontrado no nos condena a tal destino. No podemos, en verdad, abolir las causas de los monopolios. No podemos crear nuevos dones de la naturaleza, y sería un absurdo intentar lograr un aumento en el número de unidades competidoras y una disminución en la capitalización de cada una cambiando nuestras fábricas y talleres de hoy por los talleres de nuestros abuelos.
Pero si bien los monopolios son inevitables, nuestra subyección a ellos no lo es; y una vez que el público llegue a comprender plenamente que el remedio para los males del monopolio no es la abolición, sino el control, habremos dado un gran paso hacia la solución de nuestros males sociales actuales.
Discutir los detalles del remedio, hasta donde es posible hacerlo en un volumen de esta índole, corresponde propiamente a un capítulo posterior.
Antes de emprenderlo, sin embargo, parece oportuno dedicar cierta atención adicional a los males que el intento de abolir los monopolios y adherirse al sistema ideal de la competencia universal nos ha traído, y realizar también un estudio más profundo de los males generales debidos al monopolio.