Ya hemos aludido al hecho de que en el habla popular «capitalista» y «monopolista» se usan a menudo de forma indistinta. Sin embargo, si consideramos detenidamente la verdadera condición del capitalista, hallamos que de los tres requisitos de la producción —trabajo, capital y agentes naturales— el capital es el requisito que está más perfectamente protegido contra el control del monopolio.
El tipo de interés por el uso del capital está regulado de manera tan perfecta por la ley de la oferta y la demanda, que todas las leyes antiusura que se hayan promulgado jamás han logrado muy poco a la hora de permitir que el prestatario consiga préstamos a un tipo inferior al prescrito por la competencia.
La razón de esto resulta evidente tras una breve reflexión. La oferta total de riqueza acumulada de todo el mundo civilizado participa en esta competencia, y los millones de riqueza que se añaden cada día son nuevos contendientes en el mercado.
La competencia en otros productos se mantiene dentro de límites locales debido al costo del transporte a largas distancias; pero la riqueza en forma de valor puede transferirse rápida y fácilmente a cualquier parte del mundo civilizado donde le espere un mercado. Toda persona que gana dinero o posee bienes es un competidor potencial, en la medida en que se le puede inducir a prestar su capital a cambio de alicientes suficientemente grandes.
Bajo la presión de esta competencia, el precio por el uso del capital —el tipo de interés— ha descendido constantemente; y la enorme producción de riqueza de la que nuestros recursos industriales son capaces ahora es tal que la caída con certeza continuará, y en muy pocos años los préstamos al 2 por ciento serán tan comunes como lo son hoy los al 4 por ciento.