mantenido los precios y las ganancias, y ha proporcionado a nuestros fabricantes un mercado que durante mucho tiempo se ha adelantado a su capacidad de abastecerlo. Por fin, sin embargo, el resultado que esperaban los fundadores del arancel protector se ha hecho realidad. Nuestras fábricas y molinos nacionales tienen una capacidad que supera la demanda actual de sus productos. La competencia interna que se predijo ha llegado; y si hubiera operado para reducir los precios como se esperaba, ahora habría empleo para todas nuestras fábricas, pues es un axioma que toda reducción de precio aumenta la demanda.
Pero los fabricantes que durante estos muchos años habían estado obteniendo enormes beneficios del diez, del veinte y del treinta por ciento sobre su capital, estaban muy lejos de aceptar tranquilamente la situación y de reducir sus ganancias a una cifra razonable.
Han intentado combinaciones de muchas clases para mantener los precios y, por fin, han encontrado en el trust un medio fuerte y eficaz para acabar con la competencia nacional y mantener sus beneficios, si así lo desean, al nivel más alto que permite la tarifa arancelaria.
No se puede argüir que los fabricantes fuesen especialmente peores que el común de los hombres al tomar esta medida. Es lo más natural del mundo que un hombre que ha estado acostumbrado toda su vida a obtener enormes beneficios en su negocio llegue a pensar que tenía el derecho inalienable de conseguirlos; y que cuando la competencia se hizo tan agrada que tuvo que bajar sus precios, ello se debía a una condición antinatural de las cosas denominada con ligereza "sobreproducción", para la cual el trust constituía un remedio apropiado y prudente.
Resulta así evidente cómo, de manera secundaria, el arancel es una causa de los trusts. Las jugosas ganancias que el primero proporcionaba han vuelto a los hombres lo suficientemente codiciosos como para embarcarse en los segundos.