Pero tras muchas duras lecciones en forma de acciones desvanecidas y reducciones en los intereses de los bonos, a estos pequeños tenedores se les enseñó la insensatez de invertir sus ahorros en negocios sobre los cuales no tenían prácticamente ningún control, poniéndolos así a merced de directivos corporativos irresponsables. A grandes rasgos, la propiedad ferroviaria del país pertenece a hombres que valen millones; y las pequeñas participaciones están siendo absorbidas rápidamente todos los días.
Pero el caso no se limita a los ferrocarriles.
Las líneas telegráficas, el teléfono y las instalaciones de luz eléctrica, nuestras minas y, en gran medida, nuestras fábricas, que antes pertenecían a propietarios particulares, hoy están controladas por corporaciones cuyas acciones cotizan en las bolsas y están, por consiguiente, sujetas a una variación forzosa, dictada según predomine el «alcista» o el «bajista».
Y una vez que la propiedad de un bien entra en este cauce, deja de ser una inversión adecuada para el hombre de modestos recursos. Es presa de hombres que prácticamente hacen apuestas sobre cuál será su precio futuro y manipulan el precio, de ser posible, para ganar sus apuestas. Si vuelve a poseerse alguna vez meramente como inversión, es cuando queda bajo llave en la caja fuerte de algún Creso moderno.
Hemos demostrado ahora hasta qué punto ha llegado la concentración de la riqueza. Hemos demostrado que otros hombres son más pobres para que estos hombres puedan ser más ricos. Hemos explicado que estas grandes fortunas no se han hecho mediante empresas legítimas, sino en gran parte mediante "el juego a la suerte". Y, finalmente, hemos visto cómo la transferencia de cada empresa al control de los especuladores de bolsa la añade finalmente a alguna fortuna ya sobredimensionada.