Las concesiones, o más propiamente los permisos, para erigir plantas y tender redes de tuberías con el fin de abastecer a los consumidores se regalaron a compañías formadas apresuradamente; e incluso en la actualidad son pocas las ciudades (tan solo cinco en los Estados Unidos) que son dueñas de sus propias instalaciones y redes para el suministro de gas.
Como era de esperar, las compañías de gas vieron su conveniencia. Sabiendo que el gas, una vez introducido, era una necesidad a casi cualquier precio, no hicieron ningún intento por bajar las tarifas a medida que surgían métodos nuevos y más económicos y aumentaban su producción y sus beneficios.
Las acciones de nuestras compañías de gas se han visto infladas por enormes cantidades de capital ficticio (watered stock), y sobre este capital ficticio han pagado continuamente dividendos desmesurados.
En una época hubo una gran demanda de competencia en el negocio del gas.
El público la exigió, y como de costumbre la demanda fue satisfecha. Se organizaron compañías rivales, y las autoridades de la ciudad se apresuraron a concederles permisos para tender sus tuberías en las calles urbanas. Se desató, por supuesto, una guerra de tarifas, que duró hasta que una compañía abandonó la lucha y se vendió a su rival.
La compañía fusionada aumentó de inmediato su capital al menos por la cantidad que se había gastado en comprar y tender este conjunto adicional y totalmente innecesario de tuberías de gas. El público tiene que pagar intereses sobre esta suma, y sufrir además los daños causados a los pavimentos al cavar y volver a pavimentar.
En al menos veinte ciudades de los Estados Unidos se ha repetido esta farsa, y en cada caso con el mismo resultado.