trabajadores desempleados. Para elevar el precio de sus productos, entonces, el agricultor debe hacer una de dos cosas, las cuales conducirán al final al mismo resultado. Debe enviar menos de sus productos al mercado —disminuir la oferta— o negarse a vender cualquier cosa a un precio menor que el precio incrementado que desea. En cualquiera de los dos casos, si siembra la misma superficie y obtiene el mismo rendimiento que antes, se quedará con una parte de su cosecha.
Surge entonces la pregunta: ¿puede ser posible que los agricultores de todo el país formen una organización tan perfecta y bien disciplinada que cada miembro disminuya sus envíos al mercado de grano, lana, carne, heno o lo que fuere, lo suficiente como para elevar los precios; o que se abstenga de vender todos estos artículos por debajo de un precio determinado?
Debe ser evidente para cualquier persona inteligente que resultaría prácticamente imposible llevar a cabo tal cosa. Sería posible integrar únicamente a un pequeño porcentaje de los agricultores en un territorio de 3000 millas de largo por 1500 de ancho en una sola organización; y para el éxito de este plan, como de cualquier otro, sería indispensable que no se permitiera la existencia de ninguna competencia externa.
Puede argüirse que los Caballeros del Trabajo tuvieron éxito hasta cierto punto en agrupar en una sola organización a una gran proporción de los obreros de todos los diversos oficios del país; pero sus miembros se encontraban principalmente en las ciudades, muchos trabajaban juntos en grandes fábricas y, en lo que respecta a la facilidad de combinación, eran mucho más fáciles de manejar de lo que los agricultores, ampliamente dispersos por el país, podían esperar ser. Además, la organización de los Caballeros del Trabajo parece ser demasiado ingobernable y pesada para tener éxito durante mucho tiempo, y la disensión interna parece haberla llevado ya cerca de su fin.