Solo un pequeño, pequeñísimo punto, tan pequeño que quizá ni cuente. Vera usted, querido muchacho” —la señora Jojliakov puso de pronto cara de picara y una sonrisa encantadora, aunque enigmática, revoloteó en sus labios— “vera usted, sospecho... Debe usted perdonarme, Aliosha. Soy como una madre para usted... No, no; todo lo contrario. Le hablo ahora como si usted fuera mi padre; lo de madre está completamente fuera de lugar. Bueno, es como si me estuviera confesando al padre Zóssima, eso es exactamente. Le he llamado monje hace un momento. Pues bien, ese pobre joven, su amigo Rakitin (¡Dios nos ampare! No puedo enojarme con él. Estoy contrariada, pero no mucho), ese joven frívolo, ¿lo creería?, parece habérsele metido en la cabeza la idea de enamorarse de mí. Solo me di cuenta más tarde. Al principio —hace un mes—, solo empezó a venir a verme más a menudo, casi todos los días; aunque, por supuesto, ya nos conocíamos de antes. Yo no sabía nada... y de repente se me hizo la luz, y empecé a notar cosas con sorpresa. Sabe usted que hace dos meses ese joven modesto, encantador y excelente, Piotr Ilich Perhotin, que trabaja aquí en la administración, empezó a ser un visitante habitual de la casa. Usted mismo se lo ha encontrado aquí infinidad de veces. Y es un joven excelente y formal, ¿verdad? Viene una vez cada tres días, no todos los días (aunque a mí me encantaría verle todos los días), y siempre va tan bien vestido. En general, me encantan los jóvenes, Aliosha, con talento, modestos, como usted, y tiene casi la mentalidad de un estadista, habla de un modo tan encantador, y sin duda, sin duda intentaré conseguirle un ascenso. Es un futuro
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Libro XI. I. En casa de Grúshenka
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