de la tarde lo reconfortó. Había una luna brillante en el cielo. Una pesadilla de ideas y sensaciones le llenaba el alma. > «¿Iré a denunciar a Smerdiákov ahora mismo? Pero ¿qué denuncia puedo presentar? De todos modos, él no es culpable. Al contrario, me acusará a mí. Y, a decir verdad, ¿para qué emprendí entonces el viaje a Chermashnia? ¿Para qué? ¿Para qué?». Se preguntaba Iván. «Sí, claro, yo esperaba algo y él tiene razón...» Y recordó por centésima vez cómo, la última noche en la casa de su padre, había estado escuchando en la escalera. Pero ahora lo recordaba con tanta angustia que se quedó inmóvil en el sitio como si lo hubieran apuñalado. * «¡Sí, lo esperaba entonces, es verdad! ¡Deseaba el asesinato, sí deseaba el asesinato! ¿Acaso deseaba el asesinato? ¿Lo deseaba? ¡Tengo que matar a Smerdiákov! Si ahora no me atrevo a matar a Smerdiákov, ¡la vida no vale
Iván no se fue a casa, sino que fue derecho a casa de Katerina Ivánovna y la alarmó con su aspecto. Estaba como un loco. Le repitió toda su conversación con Smerdiakov, hasta la última sílaba.
No lograban calmarlo, por mucho que ella intentara aquietarlo: no paraba de caminar por la habitación, hablando de forma extraña, inconexa. Al fin se sentó, apoyó los codos en la mesa, recostó la cabeza en las manos y pronunció esta extraña frase:
«Si el asesino no es Dmitri, sino Smerdiakov, yo comparto su culpa, pues fui yo quien se lo metió en la cabeza. Si lo hice o no, aún no lo sé. Pero si él es el asesino, y no Dmitri, entonces, por supuesto, el asesino soy yo también».
Cuando Katerina Ivánovna oyó aquello, se levantó de su