amara, tal vez ahora no me daría lástima, sino que lo
Su voz temblaba y las lágrimas brillaban en sus pestañas. Aliosha se estremeció por dentro.
«Esa muchacha es veraz y sincera —pensó—, y ya no ama a Dmitri».
—Es verdad, es verdad —exclamó Madame Jolájov.
—Espera, querida. No te he dicho la principal, la decisión definitiva a la que llegué durante la noche. Siento que tal vez mi decisión sea terrible —para mí—, pero prevveo que nada me inducirá a cambiarla—, nada. Así será toda mi vida. Mi querido, bondadoso, siempre fiel y generoso consejero, el único amigo que tengo en el mundo, Iván Fiódorovich, con su profunda penetración en el corazón, aprueba y elogia mi decisión. Él la conoce.
—Sí, lo apruebo —asintió Iván con voz apagada pero firme.
—Pero también quisiera que Aliosha (¡Ah!, Alekséi Fiódorovitch, perdóneme que le llame