agitación con motivo de su llegada. No obstante, lo condujeron de inmediato a la sala de recibo. Era una habitación grande, amueblada con elegancia y amplitud, en absoluto al estilo de provincia. Había muchos sofás, divanes, silones, mesas grandes y pequeñas. Había cuadros en las paredes, floreros y lámparas en las mesas, montones de flores y hasta un acuario en la ventana. Era la hora del crepúsculo y estaba bastante oscuro. Alyosha distinguió un abrigo de seda tirado en el sofá, donde evidentemente la gente acababa de estar sentada; y en una mesa frente al sofá había dos tazas de chocolate sin terminar, pasteles, un platillo de cristal con pasas azules y otro con dulces. Alyosha comprendió que había interrumpido a unas visitas y frunció el ceño. Pero en ese mismo instante se alzó la cortina y, con pasos rápidos y apresurados, entró Katerina Ivanovna, tendiéndole ambas manos a Alyosha con una radiante sonrisa de alegría. En el mismo instante, un criado trajo dos velas encendidas y las puso sobre la mesa.
“¡Gracias a Dios! ¡Al fin has venido tú también! ¡Llevo todo el día rogando por ti! Siéntate.”
A Aliosha le había impresionado la belleza de Katerina Ivanovna cuando, tres semanas antes, Dmitri lo había llevado por primera vez, a petición expresa de Katerina Ivanovna, para presentárselo. Sin embargo, en aquella entrevista no había habido conversación entre ellos. Suponiendo que Aliosha era muy tímido, Katerina Ivanovna había estado hablando todo el tiempo con Dmitri para ahorrarle el trago. Aliosha había permanecido en silencio, pero había observado muchas cosas con gran claridad. Le llamaron la atención la imperiosidad, la orgullosa desenvoltura y la seguridad en sí misma de aquella muchacha altanera. Y todo aquello era