quebró la voz; apenas pudo articular la última frase. Luego, los jueces procedieron a formular las preguntas y empezaron a pedir a ambas partes que expusieran sus conclusiones.
Pero no describiré los detalles. Por fin el jurado se levantó para retirarse a deliberar. El presidente estaba muy cansado, por lo que su última instrucción al jurado fue bastante floja.
“Sean imparciales, no se dejen influenciar por la elocuencia de la defensa, pero aun así sopesen los argumentos. Recuerden que recae sobre ustedes una gran responsabilidad”, y así sucesivamente y así sucesivamente.
El jurado se retiró y se levantó la sesión. La gente pudo levantarse, moverse, intercambiar sus impresiones acumuladas, reponer fuerzas en el ambigú. Era muy tarde, casi la una de la madrugada, pero nadie se marchaba: la tensión era tan grande que nadie podía pensar en el descanso. Todos esperaban con el corazón encogido; aunque tal vez sea mucho decir, pues