su método, hablando de su estado de embriaguez, de un criminal llevado a la ejecución, de que esta aún quedaba lejos, y un etcétera muy largo. Pero de nuevo pregunto, señor fiscal: ¿no habrá usted inventado una nueva personalidad? ¿Es el acusado tan burdo y desalmado como para ser capaz de pensar en ese momento en el amor y en tretas para escapar al castigo, si sus manos estuvieran verdaderamente manchadas con la sangre de su padre? ¡No, no, no! Tan pronto como se le hizo evidente que ella lo amaba y lo llamaba a su lado, prometiéndole una nueva felicidad, ¡oh!, entonces, lo protesto, debió de sentir el impulso al suicidio duplicado, triplicado, y se habría quitado la vida si hubiera llevado el asesinato de su padre sobre su conciencia. ¡Oh, no! ¡No habría olvidado dónde descansaban sus pistolas! Conozco al acusado: la salvaje e insensible dureza de corazón que le atribuye el fiscal es incompatible con su carácter. Se habría suicidado, eso es seguro. No se suicidó precisamente porque "las plegarias de su madre lo habían salvado" y era inocente de la sangre de su padre. Esa noche en Mokróie, él solo estaba turbado, afligido por el viejo Grigori, rezándole a Dios para que el viejo se recuperara, para que su golpe no hubiera sido mortal y para no tener que sufrir por ello. ¿Por qué no aceptar tal interpretación de los hechos? ¿Qué prueba fidedigna tenemos de que el acusado esté mintiendo?
—Pero se nos volverá a decir en seguida: «¡Ahí está el cadáver de su padre! Si huyó sin matarle, ¿quién le mató?». Aquí, lo repito, tenéis toda la lógica de la acusación. ¿Quién le mató, si no fue él? No hay nadie a quien poner en su lugar.
—Señores del jurado, ¿es eso realmente así? ¿Es positiva, verdaderamente cierto